Las series de televisión de Donald Trump

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Aún no existe ninguna serie explícitamente sobre Donald Trump pero el mundo de la televisión ha quedado impactado con el inquilino de la Casa Blanca. Este artículo es un capítulo que finalmente no publiqué en ‘La comunicación en la era Trump‘ por falta de espacio pero viene a confirmar la importancia de la realidad en la construcción de la realidad. Este capítulo que tuve que ‘sacrificar’ muy a mi pesar porque era uno de mis favoritos llevaba el título de ‘Un nuevo mundo para Frank Underwood y Carrie Mathison’. El nuevo mundo en la era Trump como queda muy claro.

Durante tres temporadas el periodista Will McAvoy (interpretado por Jeff Daniels), un republicano tradicional, tenía entre ceja y ceja al Tea Party en la serie ‘The Newsroom’. Eran tiempos de cambios en Estados Unidos en el panorama político y esta serie reflejaba la evolución ideológica y un periodismo entre la crisis y la influencia de los medios sociales y las presiones de los poderes fácticos. ¿Cómo hubiera actuado McAvoy con un candidato y un presidente como Donald Trump? El guionista de ‘The Newsroom’ era Aaron Sorkin, quien años antes se había consagrado con ‘The West Wing’ (‘El Ala oeste de la Casa Blanca’, en español).

‘The West Wing’, escrita por Aaron Sorkin y John Wells, se emitió desde 1999 a 2006 y estaba ambientada en el ala oeste de la Casa Blanca, donde se ubica el Despacho Oval y los despachos de los principales miembros del equipo del presidente, durante la ficticia administración demócrata de Josiah Bartlet, que interpreta Martin Sheen.

¿Cómo hubiera actuado Will McAvoy con un candidato y un presidente como Donald Trump?

Se emitieron 156 capítulos y la mayoría de sus temporadas coincidieron con la presidencia de George W. Bush, a pesar que es una serie inspirada en el mandato de Bill Clinton (1992-2000). Serie de culto por los politólogos, Sorkin y Wells realizan un retrato sobre el funcionamiento del gobierno de los Estados Unidos y diferentes aspectos de la vida política estadounidense: las primarias, las elecciones, las relaciones entre presidente y vicepresidente, el peso de la opinión pública, la relación con las Cámaras, entre otros aspectos.

En ambos casos, ‘The Newsroom’ y ‘The West Wing’, Sorkin, declarado partidario de los demócratas, muestra el lado humano del poder y de sus principales protagonistas, con sus dilemas, sus bajezas y sus diatribas morales. Un espectáculo dialéctico que ha puesto la política en el centro del entretenimiento televisivo.

Es la época dorada de la series, de las grandes plataformas de video on demand como Netflix, HBO, Hulu o Amazon Prime, de los spoilers y, como no podría ser de otra forma, de la búsqueda de constante paralelismos entre la ficción y la realidad.

Donald Trump protagonizó muchos cameos en series de televisión y películas. Desde ‘El príncipe de Bel Air’ a ‘Solo en Casa 2’, muchas son las apariciones ‘artísticas’ del ahora presidente.

Por ejemplo, Trump aparece en la secuela de ‘Solo en casa’; en ella, se cruza con el personaje de Macaulay Culkin en el Hotel Plaza (propiedad del magnate), y le explica cómo llegar al recibidor. En el ‘El Príncipe de Bel Air’, Donald Trump visita a los Banks, y lo confunden con un posible comprador de la mansión del tío Phil. En 1996, Trump apareció junto a Whoopi Goldberg en la película ‘Cómo triunfar en Wall Street’, en la que aparece como hombre de negocios.

Por otra parte, el magnate hizo un cameo en el filme ‘Zoolander’ (Ben Stiller, 2001), afirma que «Sin Derek Zoolander, el mundo de la moda masculina no sería lo que es». Y pesadillas para los niños. Y es que el público infantil también ha podido ver cameos de Donald Trump, ya que en 2005 apareció en ‘Barrio Sésamo’, en un capítulo en el que acaba… ¡despidiendo a uno de los personajes!

Quizás el cameo más predictivo del actual presidente es el que hizo en ‘Los Simpsons’, que predijo en el año 2000 su presidencia.

Más allá de los cameos, las presidencias de Barack Obama y, ahora de Donald Trump, han puesto el foco en las series, las distopías, los dobles sentidos y aquello que sea simbólico. Y lo cierto es que esta relación entre ficción y realidad es un viaje de ida y vuelta.

¿Cómo le sienta a una abogada demócrata la victoria de Donald Trump? ¿Cómo pueden influenciar las noticias falsas a la seguridad nacional? ¿Cómo se construye el discurso del odio a través de los foros de Internet y en las redes sociales?

Realidad o ficción. Huevo o gallina. Dónde empieza una y acaba otra. Las series y películas y la realidad se retroalimentan de forma espectacular. No es un fenómeno nuevo y los debates son muy extensos. No obstante, hay que estar de acuerdo que la intensa presencia de Trump en la política en los últimos años y su posterior consagración ha sido la mejor inspiración para los guionistas de Hollywood. Pero la realidad ha sido tan imprevisible y con un giro de guión tan épico que la producción de las últimas películas y series han visto truncadas algunas tramas. Los guiones apostaron por la victoria de Hillary Clinton y esto creó ciertas distorsiones.

Hace poco leímos en Twitter que hablar de series de televisión se «ha convertido en la nueva conversación que sustituye a hablar del tiempo en los ascensores».

En esta dialéctica, la ficción se divide entre las series que se han adaptado a los nuevos tiempos y las que por su ritmo de producción han divergido de la realidad. No obstante, en ambos casos se leen las comparaciones desde el filtro Trump.

‘The Good Fight’, un spin-off con carácter

En primer término, nos encontramos series como ‘The Good Fight’. A pocas semanas del estreno de esta secuela de ‘The Good Wife’, Michelle y Robert King tuvieron (¿o quisieron?) modificar a pocas semanas del estreno el guión del primer capítulo. En la primera escena de esta nueva serie la abogada Diane Lockhart, en el centro de la imagen, observa incrédula cómo Trump jura su cargo como 45º presidente de Estados Unidos.

‘The Good Fight’ es más audaz, más osada y desde luego más agresiva que su antecesora, según los críticos. Se mantiene tan pegada a la actualidad como la primera serie pero su clima está electrificado por los nuevos aires que soplan en Washington.

Y como más avanza la serie, más hayamos encajes de esta nueva presidencia. Así, en el tercer capítulo, el nuevo bufete en el que trabaja Lockhart sufre presiones al no haber votado al nuevo presidente.

La apuesta por Hillary Clinton por parte la Costa Este y sobre todo, Oeste, han dejado un panorama un tanto distópico. Poca ficciones apostaron por Trump. Y ‘The Good Fight’ no es el único ejemplo. Así, los creadores de ‘South Park’, Trey Parker y Matt Stone, se había fiado de las encuestas que pronosticaban que Hillary Clinton ganaría las elecciones. Estaban tan convencidos que escribieron un capítulo donde abordaban el tema para el día siguiente de los resultados. En 24 horas tuvieron que reescribir algunas escenas y producir el capítulo.

Según Robert y Michelle King, creadores de la serie, ‘The Good Fight’ será «no solo anti Trump, sino también una mirada a cómo los liberales están reaccionando». «‘The Good Wife’ era realmente sobre los años de Obama. Esto ha dado lugar a una nueva serie», dice Robert King.

Igual que ‘The Good Fight’, en ‘Scandal’, la realidad ha replanteado ciertas tramas de los nuevos capítulos. Shonda Rhimes, creadora de la series, explicó a principio de 2016, antes que Trump jurara su cargo, que «literalmente, teníamos una historia donde el gobierno ruso estaba tratando de desestabilizar el gobierno de los Estados Unidos por jugar con la elección». ‘Scandal’ hizo gala de su nombre y predijo el escándalo del Rusiagate.

«Tratamos de estar pendientes de todo lo que ocurre en el bando conservador y el liberal, y después intentamos extrapolarlo al grado más loco. Desgraciadamente, la realidad ya se está extrapolando a sí misma a su grado más loco», añadía Rhimes.

«La delgada línea roja entre realidad y ficción ya ha hecho cancelar algunos capítulos de Scandal»

La delgada línea roja entre realidad y ficción ya ha hecho cancelar algunos capítulos. Y es que después de posponer su emisión varias veces, un polémico capítulo de Ley y orden inspirado en Donald Trump no verá la luz próximamente. La cadena NBC, que emite la serie, ha publicado el argumento de los episodios restantes de la decimoctava temporada de la serie y el capítulo en cuestión no se encuentra en la lista, según publica The Hollywood Reporter. En dicho episodio titulado ‘Unstoppable’, un personaje basado en el magnate que, siendo candidato a las elecciones presidenciales, se ve envuelto en un sórdido caso cuando varias mujeres realizan perjudiciales acusaciones contra él.

‘Homeland’

La victoria de Donald Trump pilló a contrapié a algunas series con el pie cambiado a algunas series, sobre todo aquellas que tienen trasfondo político o que miran muy de cerca a la realidad. Es el caso de series como ‘Homeland’. Los guionistas de la serie protagonizada por Carry Mathison (Claire Danes, en el papel protagonista) asumieron la victoria de Clinton a la hora de desarrollar las líneas de esta su sexta temporada.

La serie ha pasado por diferentes fases y países. Tras la desaparición del principal protagonista, el sargento Brody, Carrie Mathison vuelve a los Estados Unidos en la sexta temporada.

En el primer capítulo de esta nueva temporada, la presidenta electa Elizabeth Keane (Elizabeth Marvel) tiene una reunión con los jefes de la CIA. La sexta temporada abarca el período entre la elección presidencial y la toma de posesión. Los fans de la serie se preguntaban en las redes sociales si los guionistas no podrían haber visto a ningún otro resultado que la victoria de Hillary Clinton.

«La victoria de Donald Trump pilló a contrapié a algunas series como Homeland»

Alex Gansa, creador de la serie, afirmó hace unas semanas que los guionistas siempre han trabajado «muy duro» para que la serie se mantuviera «políticamente agnóstica» pero admite que las referencias de la actualidad son claras. «El resultado de las elecciones fue un tanto sorpresivo para nosotros y decir que nos lo tomamos con calma sería una completa mentira», admitió Gansa.

No obstante, las series también son fuente de inspiración para la realidad. Y hay quien ve claros paralelismos que se transportan a nuestra vida cotidiana.

La sexta temporada de ‘Homeland’ empieza con una transición presidencial y en la que el miedo a lo extranjero es muy presente en la sociedad norteamericana.

Por su parte, la presidenta electa que aparece tiene mucha presencia en la trama de la serie, siendo una senadora con cierto idealismo pero que se mueve en un espectro más bien de política real en pocas semanas. Para Gansa, la presidenta electa es «un poco Hillary Clinton, un poco Donald Trump y un poco Bernie Sanders».

«Homeland se ha convertido en algo con más capas y más significado que el mero entretenimiento. Es una crónica, en sentido poético, del mundo que estamos viviendo», dice Mandy Patinkin, que interpreta a Saul Berenson en la ficción, en una entrevista en USA Today.

Por otra parte, los medios de comunicación no salen muy bien parados en la última temporada. En esta aparece un alter ego de Alex Jones, un pseudo periodista con millones de seguidores, tanto de su emisora de radio, ubicada en Texas, como de su página web, InfoWars, y sus canales en YouTube. Según Jones, considerado un ideólogo extremista de la ‘Alt-Right’, sus millones de seguidores «son los dientes de la organización Trump, la resistencia orgánica interna en la guerra de la información».

Homeland es una serie que siempre ha mezclado realidad y ficción, tratando de adaptarse a la actualidad al máximo. Y sus tramas beben y beberán mucho de la política estadounidense.

¿Y qué dice Frank Underwood?

Ahora poco. Kevin Spacey ha sido borrado del mapa tras la publicación de sus escándalos sexuales. Pero con Trump en la presidencia, las comparaciones a principios de 2017 eran odiosas.

Viernes 10 de febrero de 2017. El secretario de Prensa, Sean Spicer, comparece ante los medios de comunicación. En un momento dado, los periodistas congregados hacen notar que Spicer lleva el pin de la bandera americana al revés. Le preguntan si está haciendo promoción de ‘House of Cards’. «Para nada es una promoción», admite Spicer mientras se recoloca el pin en la solapa de su americana, ante las risas de los periodistas. Sonrisa nerviosa d’un Spicer que en poco más de cien días ha pasado por momentos complejos.

A los pocos minutos, la cuenta oficial de la serie de televisión publica un tuit: «Tu lealtad no ha pasado desapercibida». La serie vuelve por primavera pero son habituales su rapidez en aprovechar la realidad para postear referencias punzantes.

El marketing en tiempo real es mucho más que una estrategia: es la base del modelo de negocio de una serie como ‘House of Cards’ que desde su estreno en 2013 ha potenciado esta forma de relación con la realidad y su audiencia.

La serie de intriga y corrupción política, producida por Netflix, y que hasta ahora protagonizaban Kevin Spacey y Robin Wright, ya aprovechó la investidura de Trump como presidente para anunciar su quinta temporada. @HouseofCards publicó entonces un vídeo en su cuenta de Twitter en el que se escucha a un grupo de niños recitando el juramento de lealtad a la bandera de los Estados Unidos.

«Prometo lealtad a la bandera de Estados Unidos y a la república que representa, una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos», dice ese juramento.

Las imágenes de este teaser muestran una bandera de los Estados Unidos colocada al revés y ondeando frente al Capitolio bajo un cielo tormentoso. La frase que acompañaba el vídeo de este tuit es muy explícito y no elegido al azar: «Nosotros hacemos el terror».

Y es que este tuit fue compartido por más de 20.000 personas en las dos primeras horas tras su publicación.

Lars Silberbauer, director global de social media y buscadores en Lego, aseguraba que «las marcas siguen agarrándose a los viejos modelos» porque el marketing en tiempo real «asusta y es perturbador». Justamente lo que promueve habitualmente ‘House of Cards’ en sus canales sociales, mensajes muy acordes con la maquiavélica y oscura visión del mundo de Frank Underwood, el presidente estadounidense interpretado por Kevin Spacey.

«‘House of Cards’ y ‘Veep’ ya están desfasadas. Desde el mismísimo momento en el que Donald Trump ha tomado posesión de su cargo como presidente de los Estados Unidos, estas dos series han quedado como retratos hasta piadosos de la realidad política del país. Ni la ambición y falta de principios de Frank Underwood ni la supina estupidez de Selina Meyer pueden compararse con Trump», dice Pere Solá en La Vanguardia.

Para Solà, hay algunas series que «pueden representar esta nueva era [la era de Trump] aunque ni sus propios creadores las concibieron pensando en él. Son series que retratan unos Estados Unidos menos respetuosos con las mujeres, que retratan el populismo que Trump personifica, que hablan del éxito entre un sector del electorado o que sirven como metáfora de la posverdad, tan en boca de los medios de comunicación».

Solà cita ’The young Pope’, ’The man in the high castle’, ’Billions’, ’Friday night lights’ y ’The handmaid’s tale’.

Entre el Papa Francisco y Donald Trump

Dice Saba Hamedy que «The Young Pope no es una serie para todos los públicos pero quizás eso es exactamente lo que le gusta». La serie, que ha llegado a Estados Unidos a través de HBO, interpretada por Jude Law y dirigida por Paolo Sorrentino es una vuelta de tuerca a la siempre interesante geopolítica vaticana. Law interpreta a Pío XIII (aka Lenny Belardo), un joven papa elegido en una curia octogenaria. The New York Times dice que es una serie «hermosa y ridícula», que muestra los movimientos histriónicos de un personaje que es histriónico por definición y casi medieval en la concepción de la Iglesia y de Dios. Sorrentino pone ‘The Young Pope’ pone en una coctelera la revolución de Francisco, la involución de Donald Trump, la era de las redes sociales, de los medios de comunicación sensacionalistas y de la marca personal. Un espectáculo semiótico digno de Umberto Eco.

La crítica no se pone de acuerdo. ¿Es una mala comedia? Un buen drama? En The Guardian dicen que es «impresionante, reflexiva y visualmente llamativa». En la era del real time, Pío XIII se niega a mostrar su imagen. Se esconde tras las sombras de la plaza de San Pedro, se niega a difundir su imagen y se compara a sí mismo a Banksy, JD Salinger y Daft Punk, que inspiran la fascinación por ocultar sus rostros. Es joven, guapo y americano. Un tipo con una telegenia que podría representar una potente arma de marketing para el merchandising vaticano. Rehuye de medios de comunicación pero es a través de las sombras, de la intriga y de sus movimientos palaciegos que proyecta una nueva filosofía contrarrevolucionaria al Estado más pequeño (y uno de los más poderosos) del mundo.

‘The Young Pope’ está a la altura de ‘The West Wing’ o ‘House of Cards’. Pero como dice José Santana, «A diferencia de Frank Underwood  —que nos revela sus estrategias secretas dirigiéndose a nosotros, espectadores, en breves apartes—, Pío XIII no siente la necesidad de maquinar para ocultar la naturaleza egoísta y autocomplaciente de sus planes». Complicado decidir quién es más cabroncete: ¿Underwood o Belardo?

Al estilo del actual Trump, a Pío XIII los medios de comunicación le importan un carajo. Aparecen a menudo tangencialmente con poder y amenaza sensacionalista contra alguien que no responde a las líneas comunicativas que se esperan de un pontífice del siglo XXI. Los medios son una máquina de fango al servicio del secretario de estado, Angelo Voiello, mediático, popular y fan del Napoli del ‘Pipita’ Higuaín.

Voiello es comparable a lo que en realidad fue Tarcisio Bertone, hasta la llegada del Papa Francisco. «Sus antiguos métodos sólo funcionan en los antiguos papas que tenían miedo de perder consenso», dice Bellardo a Voiello. El nuevo Papa es disruptor como Trump. Ambos odian la curia, la del Vaticano o la de Washington. Ambos rompen y rasgan los antiguos medios. Impredecibles en formas, más predecibles en el fondo.

Sorrentino sabe que se ha comparado su personaje papal con el próximo presidente de los Estados Unidos. Pone límites a dicha comparación: «El paralelismo entre [Lenny] y Trump es totalmente fortuito porque escribí este personaje del Papa hace mucho tiempo, cuando Barack Obama era el presidente. Sin embargo, las naciones importantes como los Estados Unidos y el Vaticano saben que ellos son importantes porque saben que permanecen fieles a sí mismos». «Francisco y Obama han llevado a sus países, sus estados en una nueva dirección y, probablemente, después de ellos habrá una tendencia opuesta», apunta el director italiano.

Hay quien dice que Sorrentino ha realizado una crítica feroz a la Iglesia y al catolicismo. Es sólo una lectura superficial. «También sugiere que la depuración es la única salida para una institución vendida a las apariencias y al merchandising. ¿Y si el misterio, y si dudar de Dios, es el comienzo de la nueva Iglesia?», dice Víctor González en ‘The Young Pope: cuando el Papa quiso ser Donald Trump.

‘The Young Pope’ es un buen ejercicio sobre la comunicación política de un estado anacrónico en el corazón de Roma pero que mueve más de 1.254 millones de católicos en todo el mundo. Es un buen ejercicio sobre la construcción de la marca personal a través de la ausencia de la imagen.

Y como no podía ser de otra forma, Sorrentino ha evolucionado su serie hacia un espectáculo viral. Las redes sociales se han puesto en alerta ante un producto con buenas críticas y comentarios sangrantes. Es el boca-oreja moderno en el imperio de los memes. De hecho, Mashable dice que la serie es «un gran meme».

El nuevo experimento de Sorrentino llegó de la mano de HBO, Sky y Canal+, «tres operadoras enemigas hasta el momento y ahora reconvertidas en amigas circunstanciales», en un acontecimiento mediático europeo que ha puesto la atención de los medios estadounidenses.

Law, en definitiva, marca la personalidad de un Papa que se yuxtapone entre el Brexit y las elecciones estadounidenses de 2016. Lo políticamente correcto ya no se lleva.

 El cuento de la criada

En una introducción a una nueva edición de bolsillo de ‘The Handmaid’s Tale’ (El cuento de la criada), la autora, Margaret Atwood, describe su obra como una «antiprediccion», hecha con la esperanza de que «si este futuro puede ser descrito en detalle, tal vez no va a suceder». Atwood escribió este libro en 1984 como si de un homenaje a George Orwell se tratara.

El argumento de la serie que se puede ver en la plataforma Hulu trata de unos Estados Unidos en el que se instaura la República de Gilead, un régimen teocrático tras el asesinato del presidente y la mayoría del Congreso. En esa nueva sociedad, muchos de los valores contemporáneos, si no son todos, quedan olvidados, y se vuelve a un extremo puritanismo. La mujer pasa a un segundo plano, siendo única y exclusivamente un objeto cuyo valor está en sus ovarios, pues hay un problema en cuanto a la fertilidad en el país.

Gilead se inspira en un pasaje del Antiguo Testamento: «Toma mi servienta Bilhá: únete a ella y yo adoptaré los hijos que conciba. Así tendré hijos gracias a ella». Las mujeres fértiles pasan a ser las sirvientas que son violadas por los comandantes de la nueva república para alumbrar los hijos del régimen. La disciplina de las supervisoras de las mujeres, las llamadas tías, es férreo y proclive al castigo a través de la tortura y la mutilación, en muchos casos.

Gilead es una distopía en la que las criadas son tratadas con dureza y paternalismo; los caminos están manchados por los opositores ejecutados y exhibidos; las iglesias derruidas en un entorno casi rural y permanente vigilado por milicias paramilitares.

Conservadores y liberales, a ambos lados del espectro político, buscan similitudes entre la obra creada por Atwood y la América de Trump.

Se ha relacionado la situación de ‘The Handmaid’s tale’ con el de las mujeres durante el régimen de los talibanes en Afganistán.

En los años setenta, Phyllis Schlafly representó a las representantes conservadoras que más luchó contra la igualdad de derechos entre hombres y mujeres en la convulsa Norteamérica. «Los liberales no entienden que la mayoría de las mujeres quieren ser esposa, madre, y ama de casa, y son felices en ese papel», afirmó en 1972. No obstante, Sarah Jones dice que «Schlafly no era ama de casa. Ella viajó por el país; ella apareció en la televisión; e influyó en la política. El mundo que quería construir no podía coexistir con el mundo que permitió su carrera».

Jones compara a Schlafly con Serena Joy, la sacrificada esposa del comandante Waterford en la serie de Hulu. «En Gilead, sin embargo, Atwood recuerda a esas mujeres a les que no les gusta el resultado de su trabajo; que llegado el momento, se arrepienten de la cultura que ayudaron a crear y que sobrepasan más allá de su control. Serena Joy es una advertencia, no sólo a sus antagonistas feministas sino también a las conservadoras», dice Jones. Para Jones, Gilead es como vivir en Texas e Indiana.

Para Jessa Crispin, no obstante, las comparaciones de la obra de Atwood con la América de Trump son exageradas y que es una fórmula fácil de «apuntarse al victimismo».

Lo cierto es que ‘The handmaid’s tale’ está traspasando la televisión y representa todo un símbolo. A principios de mayo de 2017, 18 mujeres vestidas con las capas rojas y los gorros blancos, igual que las criadas de la serie, empezaron una protesta en Austin, capital de Texas y empezaron a gritar: «¡vergüenza!». Se hacen llamar las siervas de Texas y desde marzo protestan por el endurecimiento de las leyes a favor del aborto. A principios de año mientras los legisladores debatían sobre dichas leyes, las siervas de Texas se pasearon por la galería del Senado texano.

Según las activistas, quieren enviar un mensaje poderoso: «Estamos más cerca de un gobierno que despoja a las mujeres de su autonomía corporal de lo que parece».

El hecho que el país está presidido por Donald Trump aterroriza a muchas mujeres. «Tenemos a alguien en la Casa Blanca que piensa que está bien agarrar las mujeres y hacer lo que quiera. ¿Tengo que sentarme y estar de acuerdo con eso?», dice Emily Morgan, directora ejecutiva de Action Together New Hampshire, un grupo activista que surgió a raíz de la elección de Trump.

 House of Cards

La sensación que la realidad supera la ficción se demuestra claramente en ‘House of Cards’. «Trump nos ha robado todas las ideas para la sexta temporada», decía Robin Wright en un encuentro sobre mujeres en el cine en el Festival de Cannes. La cuestión no es sólo si la serie puede quedar desfasada por la actualidad sino si Underwood puede quedar como un aprendiz al lado de Trump.

En las primeras temporadas, ‘House of Cards’ se percibía como una hipérbole antes House of cards se percibía como una serie algunas veces inverosímil por el desarrollo de algunas tramas, ahora puede quedarse corta en su descripción del poder, la ambición y unos políticos que opinan que la democracia es un juguete que pueden tirar a la basura cuando quieran.

La serie original de Netflix es la antítesis de ‘The West Wing’. En ‘House of Cards’ no hay dilemas ni moralidad excesiva. En las tres temporadas emitidas hasta ahora hay ambición sin límites, y cualquier medio lícito o ilícito es válido para el demócrata (sic) Francis Underwood (Kevin Spacey) y su esposa Claire (Robin Wright) si les ayuda a conseguir sus propósitos.

Pero la serie no tiene su origen en Estados Unidos sino en el Reino Unido. Está basada en un libro de Michael Doobs, un ex asesor del partido conservador y de Margaret Thatcher, en particular. ‘House of Cards’ fue estrenada con éxito a la televisión por la BBC en 1990, uno de los peores años de Thatcher en el 10 de Downing Street.

En los Estados Unidos contemporáneos, una vez más, el doble tránsito y los paralelismos. A finales de 2016, ya con Trump como presidente electo, los responsables de la serie organizaron una serie de entrevistas y visitas al set de grabación. No obstante, al igual que en la sala de prensa de la Casa Blanca hubo veto. Los agentes de esta producción de Netflix vetaron a los periodistas que estuvieran o hubieran cubierto la actualidad política. La justificación fue que la negativa venía por parte de los representantes, que temían que se asociara ficción y política real y que se confundieran en los artículos publicados posteriormente. Sólo aceptaron a periodistas especializados en «entretenimiento».

 Underwood, el maestro que controla a las marionetas

Frank Underwood y su esposa, Claire, y aquí no vale hablar de spoilers, cinco temporadas después, hacen el tránsito desde el Congreso hasta la Casa Blanca. Underwood se convierte en vicepresidente, primero y, presidente, posteriormente.

En ‘House of Cards’ la relación entre la prensa y la política es una tóxica relación de primer orden. James Ball en The Guardian que «deberían despedir a todos los periodistas» que aparecen en la serie de Netflix. Y es que para para Ball, cada uno de los periodistas que se relacionan con el congresista Frank Underwood acaban por infringir alguna norma ética de la profesión.

Los periodistas de The Washington Herald (periódico ficticio) se acuestan con sus fuentes, tienen tratos con piratas informáticos para saltarse protocolos de seguridad y sobrepasan la ley unas cuantas veces.

En la primera temporada la relación entre prensa y política es muy intensa. La relación entre el congresista Frank Underwood y la periodista Zoe Barnes es un ejemplo de la erótica del poder. Él consigue destruir a sus enemigos a base de portadas mientras que ella consiguen buenas exclusivas.

«Yo me follaba, chupaba y pajeaba a cualquiera que me diera una buena historia». Ésta es la frase con la que Janine Skorsky (interpretada por la actriz Constance Zimmer, que ya interpretó a otra periodista en The Newsroom) aconseja a la jovencita Barnes. Ambas son compañeras del Herald y ambas verán como Underwood es un callejón sin salida. O más bien, una vía de metro, para una.

Tom Hammerschmidt, editor de The Washington Herald, ejemplifica, por su parte, la desconfianza hacia el nuevo periodismo y las nuevas generaciones. No se deja impresionar por las revelaciones de la reciente estrella de su periódico y las nuevas herramientas de comunicación: «Twitter, los blogs y los nuevos medios de comunicación son superficiales. No me dejaré distraer por lo que ahora está de moda».

Hammerschmidt acaba pagando caro su inoperancia con las redes sociales. Barnes graba la conversación en la que su jefe le insulta; la sube a la Red y el viejo editor pierde su trabajo: «Deberías recordar que en estos días, cuando hablas con una persona, hablas con miles», advierte la periodista Zoe Barnes a su jefe.

Al paso de las temporadas, Tom Hammerschmidt representa, a pesar de todo, la integridad de los periodistas. Es un alter ego de Bernstein y Woodward. Un ‘lobo solitario’ de los medios que a pesar de todo, busca descubrir la verdad.

 Underwood presidente

En la segunda temporada el periodismo tipo Watergate pierde terreno. Tras la noticia aparece siempre Ayla Sayyad (Wall Street Telegraph) pero esta periodista tiene un papel muy secundario y la intensidad periodística baja muchos enteros, convirtiendo a los periodistas en menos espectadores. Es más, el periodismo se vive desde dentro de la Casa Blanca.

Seth Grayson se convierte en el secretario de Prensa del ya vicepresidente Underwood rebuscando en el pasado de Frank y Claire. Aquí Grayson encarna el alter ego periodístico de Underwood, siendo su pieza ejecutora con la prensa y filtrando información interesada a Sayyad. Grayson es lo que en su tiempo (durante ocho años) fue Remy Danton, antiguo jefe de prensa de Underwood que en la serie se convierte en el principal lobbista de SanCorp, una compañía de gas natural. Su perfil periodístico desaparece completamente.

House of Cards o The Newsroom contribuyen al misticismo de una profesión que desde el Watergate en los años setenta convierte al mensajero en protagonista. Hollywood ha dejado patente este creciente protagonismo. Aquí podemos ver algunos de los títulos más representativos de películas con periodistas en los papeles principales.

Realidad y ficción se confunden a menudo y House of Cards juega a entremezclar ambos ámbitos. Hasta 12 cameos podemos ver en este vídeo de Now This News en las cadenas norteamericanas que aparecen contínuamente en las escena de la serie protagonizada por Kevin Spacey: Matt Bai (Yahoo News) Ashleigh Banfield (CNN), John King (CNN), Chris Matthews (MSNNBC), Sean Hannity (Fox News) o Morley Safer (CBS News) entre otros aparecen en la serie. Como dice Scott Meslow (TheWeek.com) en Politico,  los  «cameos periodísticos dan mucha veracidad a las escenas».

En el fondo, ‘House of Cards’ como indica su título es un juego de naipes en el que los diferentes planos se traspasan contínuamente. Los periodistas reales se entremezclan con los de ficción; Underwood vive entre su realidad pero traspasa la nuestra cuando se dirige a los telespectadores a modo de narrador.

House of Cards no dista mucho de ‘Dexter’ o ‘Los Soprano’. Underwood no es tan diferente a Don Draper (‘Mad Men’) o Walter White (‘Breaking Bad’). La sociopatía de sus protagonistas incluye a los vigilantes periodistas que van apareciendo y desapareciendo de escena. Alyssa Rosenberg en Slate defendía que la serie es «un insulto a los periodistas de Washington y a las periodistas». De hecho, advierte que las mujeres sólo representan el 32% del total de los periodistas que siguen la actualidad de la política de Washington.

Quizás ‘House of Cards’ exagera la «pelea de gatas» entre periodistas, como dice Rosenberg. Quizás, no obstante, nos sitúe como antihéroes, tal y como afirma Roy Peter Clark en Poynter, después de, como decíamos la etapa inicial del Watergate y del buenismo de la prensa. En la postmodernidad los héroes no existen. No hay buenos, ni malos. Hay personas que ejercen su oficio lo mejor que saben. Somos vigilantes del poder aunque el lado oscuro también nos atrae.

El artículo fue publicado por primera vez en Trumpland Media