García Avilés: «Innovar en periodismo significa volver a buscar la esencia de nuestra profesión»
Un viaje por la innovación y la esperanza en 16 países a través de su última obra, Águilas y colibríes: periodistas innovadores en Europa.
José Alberto García Avilés es periodista, docente y uno de los fundadores de los estudios de Periodismo en la Universidad Miguel Hernández, donde hoy imparte clase en su prestigioso Máster en Innovación. Formado en Dublín y en la Universidad de Navarra, se doctoró en la Universidad de Columbia y ha publicado más de un centenar de trabajos académicos sobre la transformación del sector. Su trayectoria une el periodismo local y audiovisual con una labor analítica que desarrolla semanalmente en su propio boletín y en la Revista sobre Innovación en Periodismo. Aficionado a los Beatles, la observación de aves y los microrrelatos, presenta ahora su tercer libro, Águilas y colibríes: periodistas innovadores en Europa, una obra que analiza el liderazgo y la resiliencia en 16 países para lanzar un mensaje de esperanza sobre el futuro de la profesión.
¿Cómo surgió esta idea, este libro?
En realidad surge a principios de 2024 a raíz de varias conversaciones con amigos que son periodistas y trabajan en medios en Alicante y Barcelona. Hablando con ellos a principios de ese año me dicen algo, más o menos en los mismos términos: «estamos desilusionados con la profesión»; «estoy en la rueda del hámster haciendo noticias como churros y no le veo sentido a lo que hago»; «hay mucha precariedad, los ingresos por las suscripciones no están siendo lo que esperábamos, hay reducciones de plantilla…». También pesa mucho la incertidumbre de la inteligencia artificial. La gente dice: «no sé cómo nos va a afectar, es un tsunami que nos pasa por encima». A raíz de eso yo pensé cómo podía aportar un granito de arena a esta situación de crisis y de desánimo entre la gente del sector. Ese fue el germen.
A partir de ahí, hice esa lista de unos 40 líderes que estuve investigando, viendo por qué eran de verdad líderes y qué cosas transformadoras habían hecho. Les escribí a cada uno. Para mi sorpresa, la mayoría me dijeron que sí. Fui haciendo las entrevistas y, a partir de ese material, me di cuenta de que tenía un libro para contar las historias que ellos me habían contado de una manera didáctica y divulgativa. Lo escribí pensando en que mi madre lo pudiera entender, alguien de fuera del periodismo, y a la vez no quería hacer un libro de entrevistas que fuera una recopilación, sino seleccionar sus historias, los aprendizajes, los fracasos y qué estaban haciendo por salir adelante.
¿Y cuál de esas historias es la que, de alguna forma, te sorprende más?
Sinceramente me han sorprendido muchas historias porque al final no son historias de innovación tan obvias. Creo que lo que se ve es que en todos los casos es gente que lo ha trabajado muchísimo, que está pensado y que entiende que a veces en la innovación hay que tirarse a la piscina. Las entrevistas iban funcionando como una especie de bola de nieve, algo muy bonito porque, a partir de la lista original, yo siempre terminaba la entrevista diciéndoles: «oye, ¿me recomiendas a alguien más que debería entrevistar?». Muchos me recomendaron a otros. Por ejemplo, Tomáš Bella, del diario eslovaco Denník N, me dijo: «tienes que hablar con Darina Shevchenko del Kyiv Independent«. Él me pasó su contacto y ella accedió porque le dije que escribía de su parte. O David Caswell, que me puso en contacto con la directora del laboratorio de inteligencia artificial de Schibsted, Agnes Stenbom.
Fue muy bonito ver cómo se recomendaban entre ellos. Cuando el proyecto madura, entrevisté a Darina Shevchenko, la CEO del Kyiv Independent, que me contaba cómo el diario había nacido en noviembre del 21 y a los cuatro meses estalla la guerra. Se encuentra en esa situación en la que me decía: «es que estaban cayendo las bombas enfrente de mi casa». Llegó un momento en que tuvo que salir de Kiev, se fue a un pueblo a 300 kilómetros y desde allí dirigía al equipo de 60 periodistas en remoto.
Llegaremos al tema de la IA porque en el contexto actual forma parte de la innovación, pero desde el punto de vista de la innovación, tú haces una crítica bastante explícita al principio del libro sobre los consultores. Dices que a veces parecen «paracaidistas» que llegan a los medios, les dicen lo que tienen que hacer, pero no entienden ni el concepto, ni el contexto, ni el día a día. Me parece muy interesante la reflexión que haces sobre las «4 C» de la innovación: conciencia, conexión, colaboración y comunicación. Entender la innovación desde las personas y la evolución de las redacciones es un gran aprendizaje, ¿no?
Yo creo que ha habido un exceso de «vender humo» con la innovación aplicada a las redacciones por parte de consultores que llegan y te entusiasman con que «tal tecnología es el futuro», «es lo que te va cambiar», «es lo que va a salvar el periodismo»… y luego rascas y no hay nada. Unir la innovación no solo a lo tecnológico sino a lo humano es vital. Para mí una inspiración muy potente es Mario Tascón. Me ha servido mucho para entender lo que es la innovación e intento rendirle un pequeño homenaje en el libro porque es una de las dos figuras de España (la otra es Mar Cabra, ganadora del Pulitzer, que tiene un proyecto muy interesante The Self-Investigation). Mario era una persona tremendamente humana, con los pies en el suelo, que decía que para innovar no hay que hacer grandes tinglados ni planteamientos radicales. Lo importante es: fíjate en tu entorno, habla con tu audiencia y tus usuarios, descubre los problemas.
Por tanto, la primera fase de la innovación tiene que ver con conocer el entorno tras hablar con los usuarios. La segunda fase es crear una solución, buscar una propuesta creativa que resuelva ese problema. Y la tercera fase es desarrollarla, aplicarla, porque toda innovación no se puede quedar en lo abstracto; hay que aterrizarla y ver si produce una mejora, un resultado, audiencia, prestigio o ingresos.
Con ese planteamiento es muy interesante ver cómo la gran mayoría de estos periodistas están innovando en lo concreto: escuchando a sus equipos, planteando cambios de chip basados en la intuición y en las necesidades de la audiencia o de los compañeros de redacción. Cualquiera podemos innovar si entendemos que esto no es una cuestión de complicarse con metodologías norteamericanas importadas de los gurús, sino de volver a buscar la esencia de nuestra profesión.
El homenaje a Mario Tascón me parece una conexión emocional muy interesante; para los que lo conocimos fue una persona totalmente inspiradora. Sobre esta «innovación cotidiana», lo que detecto en los proyectos que explicas es esa parte de la esencia de la conexión: el periodismo de servicio y la conexión con las audiencias. Los informes actuales subrayan la necesidad de reconectar con la comunidad de interés, y creo que ahí reside gran parte de la innovación.
Totalmente, y fíjate que este es uno de los grandes hallazgos. Cuando hablaba con Carine Fouteau, la directora de Mediapart, un medio francés que no tiene publicidad ni subvenciones y cuyo lema es «solo nuestros lectores pueden comprarnos», ella me decía: «la clave está ahí, en saber muy bien que nos debemos a nuestros lectores».
Cuando hablas con la directora de Aftonbladet, Lena K. Samuelsson, te dice: «necesitamos escuchar mejor a nuestros lectores». Lo encuentras una y otra vez. El periodismo ha girado mucho hacia cubrir cosas para las élites y las clases políticas o económicas, y por las propias rutinas nos hemos olvidado de pensar: «¿esto le interesa a mi lector, oyente o espectador?». Los periodistas que dedican un tiempo cada día o semana a conectar, a tomarse un café con un lector, a atender una llamada, contestar un email o escucharles en redes sociales, marcan la diferencia. Transmiten el mensaje de: «este periodista se preocupa por mis problemas de verdad». Eso, en los tiempos que vivimos, es una clave fundamental para recuperar la confianza.
Hay una periodista danesa que ha desarrollado un método llamado «Escucha Mejor». Ella dice que cuando tú te sientes escuchado, te sientes querido. Es una fuerza potente: cuando alguien recibe esa atención, la devuelve. Eso cimenta una alianza que recupera la esencia de servicio público. Al leer el libro, te quedas con la impresión de que debemos recuperar un sano orgullo por nuestro trabajo periodístico. En España nuestra moral profesional está por los suelos por muchas razones, pero hay que recuperar ese orgullo de decir: «mi trabajo es un servicio público esencial, como la educación o la sanidad». Estamos haciendo posible el derecho a la información reconocido por la Constitución mediante información veraz, contrastando fuentes y siendo ecuánimes.
Exacto. A veces hay medios pensando más en la financiación vía Ibex 35 que en crear estas comunidades de interés, o están centrados en el clickbait y el tráfico a cualquier precio con contenidos baratos.
Si están en esas dinámicas, todo esto no solo les suena a chino, sino que no lo ven necesario. En mi opinión, es un gran error.
Sobre la participación de los lectores, mencionas pilares como implicar a los lectores desde el inicio (De Correspondent) o tener lugares de participación (Il Post). Pero venimos de una década del «periodismo ciudadano», un concepto mal explicado que creo que nos confundió a todos. Una cosa es la participación y otra la labor periodística.
Efectivamente. La etiqueta de «periodismo ciudadano» ha hecho mucho daño y no se ajusta a la realidad. Es desafortunado considerar que cualquier ciudadano que consigue una imagen o graba un vídeo ante una tragedia es un periodista. Usted está colaborando, está publicando algo con valor informativo, pero llamémosle colaboración ciudadana o difusión informativa. Decir que es periodismo es dañar la profesionalidad de las redacciones. Los medios que han entendido esto dan espacios para que los lectores se sientan representados y escuchados, como Zetland en Dinamarca o Tortoise en el Reino Unido.
Se habló durante una década del mantra de «poner al usuario en el centro». Era una frase bonita en seminarios, pero luego rascabas y no había nada; hacían lo mismo. En cambio, cuando te crees que lo más importante es conocer a tus lectores e invitarles a la redacción, eso tiene una potencia arrolladora, aunque exija más esfuerzo.
Entrando en la Inteligencia Artificial, el libro tiene una actualización brutal. Hay casos que te llevan a pensar muchísimo. ¿Cómo se diferencia la aproximación a la IA de los medios que solo «quieren estar» de los que realmente creen en ella como una transformación digital?
Es una tecnología tan disruptiva que todavía no alcanzamos a imaginar su alcance, incluso los propios expertos. David Caswell, que dirigió el laboratorio de innovación de la BBC y ahora asesora al Washington Post y otros medios europeos, dice que no sabemos qué va a pasar dentro de seis meses. Partiendo de esa base, o lo piensas de una manera racional dentro de tu estrategia (recursos, tipo de contenido, audiencias), o pierdes el control.
He encontrado gente que cree que hay que incorporarla de modo responsable y ético, alineándola con su propósito como medio digital o televisión pública. Pero también hay ejemplos de televisiones que utilizan avatares digitales de presentadores solo para producir contenido barato, homogéneo y con poco valor añadido. La estrategia para muchos pasa por «esperar y ver», experimentar y colaborar. Caswell dice que es fundamental dar libertad a los periodistas para equivocarse, testar y, sobre todo, mucha formación. No basta con que haya un par de «superusuarios» en la redacción; debe haber una formación intensa y continua.
Me da mucha envidia lo que ocurre en los países nórdicos. En Suecia, Noruega y Dinamarca se han unido como sector. Crearon una alianza de periodistas e inteligencia artificial hace siete años. Se reúnen cada año más de 300 periodistas de medios grandes, pequeños, públicos y privados. Comparten lo que funciona, publican papers y dan talleres. Dicen: «el sector va a cambiar tan rápido que, o nos unimos, o esta tecnología nos va a pasar por encima». En España, Reino Unido o Estados Unidos eso es impensable, y creo que deberíamos tenerlo muy en cuenta porque a ellos les va muy bien.
¿Existe una diferenciación real entre la Europa del norte y la del sur? ¿Siguen existiendo los tópicos en este ámbito?
Es una muy buena pregunta. En el libro hablo de medios de 16 países: desde Ucrania, Letonia o Eslovaquia, pasando por los nórdicos, hasta Francia, Italia, Alemania o Austria. Sí hay rasgos distintivos por regiones, pero donde realmente encontramos variaciones es en la respuesta que dan a los retos. Sería muy interesante hacer un análisis académico sobre qué elementos culturales influyen en las iniciativas de innovación de cada país.
Vamos acabando. Has dado clases durante muchos años en el Máster de Innovación en Periodismo de la Universidad Miguel Hernández de Elche (dirigido por Miguel Carvajal). ¿Cómo crees que debe aproximarse la universidad al futuro del periodismo?
La academia en nuestro país ha hecho un gran esfuerzo en la última década. Ahora esa cultura de lo que pasa en la profesión está mucho más conectada. Incluso hay periodistas que vienen a pedirnos formación, algo que hace diez años era impensable. Compañeros del máster están dando cursos sobre IA en grupos de comunicación.
En la universidad nos pasa como en los medios: hay una cierta crisis y cambio de modelo. Necesitamos encontrar maneras de ilusionar a los estudiantes que a veces reaccionan con desánimo. Por eso es importante el análisis de casos internacionales y tener puentes con estudios comparativos. La universidad no puede quedarse aislada en lo abstracto.
Cuando preguntaba a estos líderes qué les dirían a 100 editores europeos para solucionar los problemas de los medios, todos decían: «no tengo una bola de cristal». Pero luego surgían claves: liderazgo, escuchar a las audiencias, contar las cosas de otro modo para seducir al lector e ir más allá de los formatos tradicionales. Hay mucho terreno para crecer.
Lo que subyace en el libro es que innovar significa probar cosas, prototipar y emprender. Es necesario que los estudiantes no esperen simplemente a que las grandes cabeceras los elijan como becarios, sino que emprendan sus propios proyectos.
Has dado en el clavo. Te cuento algo personal: mis estudiantes de primero (chavales de 18 años) se han leído Águilas y Colibríes este cuatrimestre. He tenido conversaciones de 15 minutos con cada uno en mi despacho para que no me hicieran un resumen con la IA, sino para que me contaran cara a cara qué les había parecido.
Ha sido revelador. Muchos me decían: «me has abierto una perspectiva fascinante porque no conocía estos medios». Otros decían: «he empezado un podcast para entrevistar a gente porque me he dado cuenta de que hay que contar historias». Otros aprendieron de los fracasos y de la humanidad de los protagonistas. Les enamoran perfiles como Inga Spriņģe, la periodista letona que lucha contra las mafias, o Catarina Carvalho, que fundó Mensagem en Lisboa para contar lo que nadie contaba. Escucharles ha sido un gran aprendizaje; ver que la semilla del libro sirve para algo.
También está el caso de Mar Cabra, que estando en la cima con un Pulitzer se da cuenta de que la salud mental es algo que no tenemos en cuenta.
Totalmente. A varias estudiantes les resonó mucho que la salud mental formara parte de un capítulo a través de la inspiración de Mar Cabra. La otra cuestión es que los chavales tienen un pánico tremendo a la IA. Son creativos, les gusta dibujar, escribir o la danza, y ven estas herramientas como limitantes que cercenan la creatividad. La ven como una amenaza. Yo les decía que son herramientas con las que hay que experimentar, no dejar que te coman el terreno. Pero lo que menos les gustó del libro fue la IA por ese miedo. Al final, gente como Mar Cabra o Mario Tascón son los ejemplos que tenemos. En España hay muchísimas «águilas y colibríes», grandes periodistas recuperando la esencia del oficio.
Me lo has puesto en bandeja: ¿Habrá una segunda parte de Águilas y Colibríes centrada en la Península Ibérica o en Latinoamérica?
Todavía no lo he pensado porque hay que medir las energías; esto lleva mucho tiempo y esfuerzo. Sería un reto muy bonito, tanto ese como uno sobre Latinoamérica, que es otra zona que me fascina.
Me das pie a una última reflexión. ¿No te da la sensación de que en América Latina la innovación es mucho más intensa? A veces parece que en España estamos muy encorsetados por techos mentales o recursos, mientras que allí se lanzan con una gran inquietud y prueban cosas nuevas.
José Alberto: Comparto esa sensación. Aquí quizá nos pesan más las experiencias pasadas negativas o los «fuegos artificiales» tecnológicos. En muchos casos de Latinoamérica, eso no está ahí; se lanzan con gran iniciativa e inquietud. Es un terreno muy fértil para la innovación bien entendida. Coincido contigo: allí están pasando cosas muy interesantes de las que tenemos mucho que aprender en Europa.
